Son ETA
Pablo Iglesias es el lider de POKEMON.
D.
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En vanguardia del despropósito
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DICCIONARIO DE TÓPICOS (1):
“Una coartada [la experimentalidad y la ambición artística en el cine”] que (…) ha servido para que unos cuantos impostores y caraduras nos hagan sentir más idiotas de lo que somos en realidad” (Sergi Pàmies, La Vanguardia)
- “ESTOS LO QUE QUIEREN ES HACERNOS SENTIR IDIOTAS”:
Nadie tan vanidoso como aquél que piensa que un autor se ha molestado en hacer una obra entera solo para tomarle el pelo. Eso opina uno de los personajes de “El síndrome de albatros”, de Gonzalo Suárez, y yo le secundo.
¿Le sucederá lo mismo a Pàmies (reconocido futbolero) cuando ve jugar al ajedrez, saltos de esquí o balomano? ¿También pensará que se calzan los esquís y lanzan por los aires solo para que se sienta idiota?
En “El arte de la novela”, Milan Kundera definió la palabra “misomuso”: “No tener sentido para el arte no es grave. Se puede no leer a Proust, no escuchar a Schubert y vivir en paz. Pero el misomuso no vive en paz. Se siente humillado por la existencia de una cosa que lo sobrepasa, y la odia”. Según Kundera, la consecuencia es “la misomusia democrática: el mercado en tanto que juez supremo del valor estético”.
¿Los usuarios del AVE a Madrid se creerán con derecho a criticar la existencia de la línea del cercanías a Puigcerdà porque son “cuatro tarados” que no aceptan las costumbres de la mayoría y, encima, sus vías las pagamos entre todos?
Poco poquito nos falta para llegar a eso. Al fin y al cabo, escuchamos argumentos parecidos sobre el cine cada día, y ya nos parecen normales hasta a nosotros.
“El peligro es que personas inteligentes participen de una ceremonia de la confusión que quiere preservar los privilegios de una jerarquía que difícilmente puede demostrarse de modo objetivo”. (Sergi Pàmies, La Vanguardia)
- “LOS PRIVILEGIADOS DEL CINE”.
En el artículo de Pàmies, la personalidad de los privilegiados y cuáles son sus privilegios cae en el terreno de lo ambiguo. ¿A quién alude? ¿A los cineastas experimentales? ¿Los críticos que los defienden? ¿Las películas artísticas que, según él, merecen el aplauso general?
En cualquier caso, Pàmies solo cita tres nombres: Carlos Boyero, Terrence Malick y yo.
Así que, por si acaso, y puesto que llueve sobre mojado, aclaremos lo siguiente: mi sueldo, como el de todos los técnicos y productores que han trabajado conmigo, es del dominio público. Pueden encontrarlo en el ICAA. De paso, quien tenga curiosidad, podrá verificar que la mayor parte de la financiación de “Los pasos dobles” no proviene de subvenciones (que las hay, en un porcentaje minoritario), sino de fondos privados: en concreto, de las productoras Tusitala PC y Bord Cadre, así como de la inversión particular de un filántropo suizo que aprecia mis películas.
A partir de aquí, si los privilegios son de cualquier otra naturaleza, estaré encantado de darles mi dirección para que me los manden cuanto antes. De momento no han llegado. Por cierto: ¿no sería hermoso que algún periodista pusiera en contexto las subvenciones que recibe el cine comparándolas con las de otros sectores? En especial, con el total de dinero que reciben del Estado, de modo directo e indirecto, los mismos diarios que se llenan la boca llamando chupópteros a los del cine.
¿Quiénes son entonces los privilegiados?
Volvamos a Kundera: “La propaganda oficial en los países comunistas empezó a fustigar el elitismo y los elitistas al mismo tiempo. Con estos términos no designaba a los directores de empresa, a los deportistas célebres o políticos, sino exclusivamente a la elite cultural, a filósofos, escritores, profesores, historiadores, hombres de cine y teatro. Sincronismo asombroso. [El uso de la palabra] deja suponer que en toda Europa la elite cultural está cediendo su lugar a otras elites. Allá, la elite del aparato policial. Aquí, a la elite del aparato de los medios de comunicación. A estas nuevas elites nadie las acusará de elitismo” (1986).
Coletilla que, durante décadas, ha servido para referirse a películas de Juan Carlos Fresnadillo, Enrique Urbizu, Alex de la Iglesia, Daniel Calparsoro, Isabel Coixet, Oscar Aibar, Alejandro Amenábar, Javier Rebollo, Chapero Jackson, José Luis Guerín, Marc Recha, Mariano Barroso, Javier Fesser, Gonzalo Suárez, Juanma Bajo Ulloa, Nacho Vigalondo, Jame Balagueró, Paco Plaza… y otros tantos que ahora me olvido. El cine español: todo aquel que parece extranjero.
- “NO PARECE UNA PELÍCULA ESPAÑOLA”.
Viceversa: este periodista (este espectador) no parece español.
- ABRIR LOS HORIZONTES
Decía Sony Rollins que hay dos tipos de música: la que busca confinar al oyente y la que intenta expandirlo. Lo mismo sucede con las películas y con la crítica de cine.
Baudelaire ya señaló que la crítica debe “adoptar un punto de vista exclusivo que abra al máximo los horizontes”.
¿Cuáles son los horizontes que nos abre el periodismo cultural español a diario? De hecho, podemos medir su extensión geográfica, su verdadero alcance, con absoluta precisión: bastaría calcular qué porcentaje de su tiempo dedican los informativos televisivos a la música, el arte contemporáneo y la literatura, y comprobar cómo, simplemente, sirven de música y telón de fondo a los créditos con que terminan las noticias.
Veremos así cómo la información cultural patria raras veces ha servido para abrir los horizontes sino, literalmente, para cerrarlos.
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Apunte: Las revoluciones zombis, guerrillas reaccionarias y guerras corporativas. Un nuevo perfil bélico en siglo XXI.Por Carlos García de Castro.
Durante el siglo XX se forjó una iconografía de La Revolución. En nuestra memoria colectiva se suceden bolcheviques tomando el Palacio de Invierno, soldados comunistas chinos caminando la Larga Marcha, milicianos españoles defendiendo el Valle del Jarama, partisanos italianos luchando contra el Eje a las puertas de la República de Saló, Stjepan Filipović en el patíbulo gritando ¡Muerte al fascismo, libertad al pueblo!, guerrilleros latinoamericanos agazapados en selvas, el Che, las milicias del Vietcong surgiendo de la nada en pleno monzón...Imágenes todas ellas de un tiempo perdido, la modernidad, que tras la caída del muro pasó para siempre. Un tiempo que, sin embargo, en la postmodernidad ha servido para generar una estética del relato revolucionario donde éste ha dejado de ser una herramienta de liberación para convertirse en una herramienta de dominio. La estética revolucionaria, cuidadosamente deconstruída y vaciada de su contenido original, se ha desplazado - por un acto apropiacionista -, desde el espacio de la resistencia al espacio del poder. El nuevo relato revolucionario es un standard repetible en cualquier tiempo y lugar donde sea requerido tumbar un gobierno, una plantilla que sólo necesita de unos pocos elementos: un puñado de "rebeldes" - a poder ser barbudos desaliñados ataviados de ropas militares y fusiles automáticos -, algunos extras que los jaleen, unas banderas, un par de discursos de lata aliñados con ecos de revoluciones pasadas y una cobertura mediática goebbeliana. Hijas de la castración revolucionaria y el triunfo del capitalismo corporativista a nivel global, nuestro tiempo ha visto "nacer" las revoluciones zombis, perversos epílogos de un mundo que pudo ser pero no fue, y que sólo sobrevive como marioneta bajo los hilos de su enemigo. Por ello, de ahora en adelante deberemos ser precavidos y sospechar de cualquier movimiento "libertador" que presente rasgos estéticos similares a los tradicionalmente atribuidos a "los rebeldes", porque en el tiempo actual la estética de la guerrilla es la cortina tras la que se esconden las guerras corporativas, idiosincrasia última del belicismo contemporáneo.
El Coronel Muamar Gadafi, tirano de los libios, ha sido asesinado este pasado 20 de octubre por una banda de mercenarios a sueldo de las multinacionales petroleras, que con dinero privado y público han protagonizado una guerra por el oro negro. Inversión que sin duda verán - las corporaciones, que no los Estados - rentabilizada a corto o medio plazo. Así, mientras Libia se sume en las tinieblas de la división - y ahora sí, quizás, la guerra verdadera -, el capitalismo internacional extraerá de pozos defendidos por ejércitos privados el ansiado crudo que Gadafi les tenía vetado, y con el que sin duda el déspota costeaba sus caras excentricidades.
Lejos - cercenado - queda ya el tiempo en el que el Coronel era recibido por todos los líderes mundiales. Hasta ayer, un Gadafi arrepentido de sus impulsos terroristas se paseaba alegre y seguro por las cortes occidentales cargado de regalos y lujo oriental. Pero el voraz consumo energético tiene sus exigencias, la máquina capitalista no se detiene, y el Coronel, viejo fósil de un mundo que ya no existe, tenía las horas contadas... La rueda de la guerra se puso en marcha y bajo el paraguas de la falsa guerra civil, que los medios han construido para una desinteresa opinión pública - con permiso de la ONU y bajo tutela de un Premio Nobel de la Paz - el poder del dinero decidió que el tiempo del Coronel había terminado.
¿Pero porque no atacar directamente como en el caso de Irak y crear toda una falsa guerrilla para una revolución zombi? Quizás porque las corporaciones capitalistas, ideólogas de esta guerra, no son un poder legítimo y ávidas de legetimidad recurren a las instituciones que aún poseen prestigio ante la opinión pública: la democracia liberal - representada por el binomio OTAN/ONU - y - curiosamente - el relato revolucionario, viejo enemigo de la democracia liberal.
No hace falta decir que el uso de fuerzas de falsa bandera y el camuflaje de intereses exógenos bajo la apariencia de intereses endógenos no es nada nuevo. La revolución zombi, que en Libia tiene el máximo y más patético exponente conocido hasta la fecha, es un artificio largamente gestado. De este modo, sucesos tales como el intento de desembarco en Playa Girón por un grupo de exiliados cubanos financiados y entrenados por EE.UU., el asesinato y golpe de estado contra Salvador Allende o la guerra de Irak so pretexto de la existencia de armas de destrucción masiva, son los precedentes cronológicos del simulacro que ha sido la guerra libanesa. Pero a diferencia de los hechos anteriores, en los que el poder capitalista mundial intervenía de forma más o menos abierta en determinados lugares, en el caso de Libia se ha montado todo un relato revolucionario, directamente arraigado en el ideal de las guerrillas comunistas de los cincuenta y sesenta, y se ha ofrecido una cobertura mediática diferente desde todo punto de vista. De cara al público se ha querido vender - afortunadamente con bastante poco éxito - la existencia de un verdadero movimiento de liberación y de unos bravos rebeldes que con entrega luchaban para liberar a los libios de la tiranía del coronel. Una película aderezada con anécdotas curiosas como la presencia, más mediática que real, del brigadista Chris Jeon, un americano que partió al norte de África a luchar con los rebeldes "porque molaba".
Llegados a este punto cabría preguntarse si el fenómeno de la revolución zombi: la guerra imperialista desencadenada por intereses comerciales escondida tras la cortina del relato revolucionario tradicional; viene para quedarse o no. Realmente hay muchos elementos que la delatan, para empezar una curiosa falta de imágenes de los acontecimientos que el cuerpo de Gadafi no logra llenar, la ausencia de portavoces reconocibles - y de discurso - o la inexistencia de grandes masas en movimiento, como demuestra el hecho de que las calles de Trípoli no se hayan abarrotado celebrando la "liberación" - tampoco se abarrotó la plaza donde los americanos derribaron en directo la famosa escultura de Saddam Hussein, tras el inicio de la ocupación -. Pero, por otra parte, el éxito conseguido y la carencia de un movimiento ciudadano contrario a la Guerra de Libia en Occidente, pueden hacer atractiva la idea de la revolución zombi a los ojos de los poderes económicos, quienes tras la guerra de Irak dilapidaron gran parte de la legitimidad de la democracia liberal.
Paradójicamente el relato revolucionario puede haberse convertido en un nuevo filón de legitimidad para el corporativismo internacional, ofreciendo un medio con el que continuar sosteniendo sus guerras por el control de los recursos naturales del planeta. Y todo esto en un momento en que las democracias se encuentra en horas bajas, acosadas en todo el globo por movilizaciones multitudinarias.
La guerrilla es ahora reaccionaria.

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La encargada de llevar la batuta en el Consejo de Administración (de RTVE) a partir del próximo miércoles (y durante un mes) será Rosario López Miralles, precisamente la representante del PP que propuso que todos los consejeros tuvieran acceso al sistema editor iNews, lo que permitía fisgonear los contenidos de los telediarios antes de su emisión. López Miralles asume la presidencia en el mes previo a la campaña electoral y con su partido cuestionando la neutralidad e imparcialidad de la televisión pública.
Más en El País.
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