El Museo del Prado es queer

by Tina Paterson on 4.28.2009

Dándole vueltas a mis habilidades y talentos sexuales, con la idea de presentar un perfil para el proyecto de Diana de las Perrxs Horizontales. A la pregunta de qué es lo que se hacer, hago bien y me mola, Jordi me recordó mis tiempos mozos como guía del Prado.

No, no se asusten guías oficiales, no les hice competencia desleal, no. No cobré, al menos dinero. Ocurrió que por mi formación en artes, me tocaba (lo que aceptaba gustoso) organizar visitas y acompañar a numerosos amigos por museos o sitios relevantes de Madrid. Entre ellos, como no, el Museo del Prado.
Yo tenía un pase (no diré cual) falsificado, con lo que no recuerdo haber pagado jamás, lo cual hacía bastante más fácil la excursión.

Ocurría, alguna que otra vez, que mis amigos me pasaban a sus amigos de visita por Madrid:

- Oye si, hazla un hueco el finde y si puedes llévala al Prado.

Dicho y hecho. Perfectas desconocidas, que tras los primeros paseos, un café con porras, participaban de un recorrido situacionista por lo más bizarro de la escuela española: enanos, monstruas, santos y hermafroditas, delirios y aberraciones de El Bosco, frenesí en las pinturas negras y final apoteósico ante La teología de la pintura, acababan rendidas a mis pies.

Una de mis armas era pecar de cierto apasionamiento al narrar historias delante de los cuadros, lo que en realidad se debía al hecho de que adornaba (que no inventaba) gran parte de la narración. Muchos guías con los que me cruzaba, arqueaban las cejas ante mis disparatadas explicaciones, que más tenían que ver con Foucault o Judith Butler, que con el catálogo oficial. Era raro el pintor que no pasara por mis manos y no acabara de maricón perdido, friki, proxeneta o trepa total.

Esta aptitud atípica y el hecho de satisfacer una de las fantasías de muchas viajeras: ver un sitio hermoso acompañado de un cicerone bienparecido y bien informado (al menos eso creían ellas) eran la clave de mi curioso éxito. Con una de éstas, una francesa esposa de un socio de mi hermano, incluso me acuerdo de entrar en faena ya desde la salita del Tesoro del Delfín. Por lo que una vigilante algo pacata, nos llamó la atención... Sonrojados y exitados, huímos del museo con destino a su hotel.

Ya lo tienen: Una visita distinta al Museo del Prado. Muy distinta.
D.
Montaje con fotos de birasuegi