Ouarzazate

by Tina Paterson on 5.07.2016



Ha llovido mucho en el desierto.
El aire frío corta la madrugada como una hoja de afeitar.
Esta es otra estación de autobuses vieja, destartalada y pensada para el inmenso calor del desierto que nos rodea, pero no para este frente gélido que nos tiene atrapados como los cantos del corán que resuenan en bucle en una doliente megafonía. Queremos cruzar el Atlas por la carretera más alta de África, pero ha nevado mucho y arriba el camino está cortado. Es sábado, quizá los quitanieves estén ahora en la mezquita. Quizá nuestro autobús decida salir ya haciendo un desvío por Agadir. Ellos dicen, ¡Insha'Allah! Nosotros nos repetimos: es invierno.
Es extraño.

Mientras matamos el tiempo y el frío en este lugar que huele a tierra húmeda y a orines. La bisara sienta bien, su gusto es fuerte, y humeante nos quema el paladar. El pan con el que acompañamos sabe a óxido. Un regusto metálico que hace que los cuerpos de encorven hacia dentro. Elegantes, los hombres toman su desayuno de crema de guisantes. Ocupan su espacio y no están allí, mientras rumian con la mirada perdida.

Pienso en otra estación de autobuses pasada, en aquel mendigo que arropó a Txomin con su manta para que evitara el frío que crujía la noche del desierto. Le veo allí tumbado, envuelto por el algodón acre de aquel lugar lúgubre, una morgue de hormigón armado y arena. Mientras las estrellas y los perros aullaban la soledad de quien no los ve y no los tiene. Nada.
Después, los faros de un coche nos sacarán de allí.

Pronto, también, cruzaremos el cielo blanco volando sobre las cumbres de África.
D.